LITURGIA Y ORACIÓN

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 El Triduo Pascual es el vértice del Año Litúrgico. En él celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. 
La semana ha comenzado en el Domingo de Ramos, todos con palmas y ramos de olivo aclamando al Hijo de David; al Hombre que nos da de comer, que cura nuestras enfermedades, que perdona nuestras faltas. Es la entrada triunfal en Jerusalén: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

 
       El Triduo Pascual comienza la tarde de Jueves Santo. Jesús, en la última Cena con sus discípulos, nos deja el mejor regalo de su Amor: la Eucaristía, su presencia viva entre nosotros y para siempre. Y nos da el nuevo mandamiento: entrega y servicio. Él -y eso hacemos nosotros en la celebración- lava los pies a sus discípulos y nos enseña a ser hermanos y amigos: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”.
 
   Viernes Santo. Muerte de Jesús. Los que lo aclamaban el domingo, hoy prefieren a Barrabás y piden la muerte del Rey de los judíos. Nosotros celebramos la Cruz, el Amor hasta el extremo, nuestra salvación definitiva. Hoy no se celebra la Eucaristía. Todo el Oficio gira en torno a la Cruz, al Árbol de la Vida. Porque Jesús ha muerto. Abandonado de todos, con la sola presencia de su Madre, Juan y algunas mujeres al pie de la Cruz. Nadie nunca nos ha querido tanto: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
 
 Sábado Santo.- Vigilia Pascual. Cristo ha vencido a la muerte. Cristo ha resucitado.
 Es la fiesta del fuego, que simboliza la renovación de nuestra vida; por eso empezamos la Vigilia encendiendo una hoguera, congregados a su alrededor, contemplando silenciosamente la danza de colores al ritmo de las suaves crepitaciones. Cristo es el fuego nuevo que abre nuestro camino hacia Dios.

     Es la fiesta de la luz: porque de la oscuridad, de las tinieblas del Calvario, pasamos a la luz de la mañana de la Resurrección; luz de madrugada, tenue al principio -encendemos el Cirio Pascual- y explosión de alegría con el Pregón Pascual: es la Luz que nace de la Palabra de Dios, centro y culmen de la fiesta. Explosión de luz al saber que el Cuerpo de Cristo no está en el sepulcro. Entonces entonamos el “Gloria”; porque Cristo resucitado es la Luz que ilumina nuestro camino hacia el Padre.
      Es la fiesta del agua, fuente de vida, que nos limpia y apaga nuestra sed. Y bendecimos el agua que bautizará a los nuevos hijos de Dios, a nuestros nuevos hermanos. Y es que Cristo es el Agua viva que calmará nuestra sed de alegría, de paz y eternidad si sabemos descubrirle y nos dejamos mirar por Él: “No busquéis entre los muertos al que vive. ¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

 

Jueves 6 de abril de 2017, por Parroquia San Antonio María Claret


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