Con nuestra gente en el corazón

Van pasando los días y los muertos parecen quedar atrás, como cifras que engordan estadísticas archivadas, como puntos de una curva que quisiéramos olvidar. Ellos no son gente, son nuestra gente. La misma gente que llevamos y llevaremos siempre pegada al corazón, porque está entre nosotros en carne o en espíritu.

La gente que se despierta cuando aun es de noche y cocina cuando cae el sol, que acompaña a gente en hospitales, parques, que despide y recibe a gente en los andenes, que va de frente y no esquiva tu mirada, y que perciben en el viento cómo será el verano, cómo será el invierno.

La gente que pide por la gente en los altares, en las romerías, que da la vida, que infunde fe, que crece y merece paz, que se funde en un abrazo en el horror, que comparte el oleaje de su alma, que nos renueva la pequeña esperanza de un día vivir en paz.

La gente que ofrece una sombra fresca, que limpia el agua dulce de sus miradas. Esa gente por la que merece la pena empezar un nuevo día. Porque verdaderamente hay ángeles entre nosotros.

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Gente de luz que acomoda su corazón para nosotros, en esta tierra y también desde el cielo. Gente que, como aquellos dos de Emaús, pasan dos, tres horas con el Señor, y lo escuchan, lo acompañan, lo reconocen, lo disfrutan, lo anuncian, lo comparten. También en medio de este drama hemos de mantener el deseo de estar y vivir con nuestra gente, como hace Dios con nosotros cada día. Recreando, aun en medio de tantas sombras de muerte, un nuevo paisaje en la más bella historia de amor.

De parte de toda la comunidad parroquial, una oración y un abrazo en este III domingo de Pascua.

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