Jesús hace una pregunta. Y no es una pregunta cualquiera.
Primero pregunta lo fácil: ¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y los discípulos responden con soltura. Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que un profeta. Respuestas de manual. Respuestas seguras. Respuestas que no comprometen a nadie.
Y entonces Jesús estrecha el círculo.
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Vosotros. No la gente. No los que lo ven de lejos. Vosotros, que habéis comido conmigo, que habéis visto los milagros, que lleváis meses caminando a mi lado. ¡Vosotros!
Y Pedro responde. Solo Pedro. Los demás se quedan callados.
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Pedro)
No es una respuesta aprendida. Jesús mismo dice que eso no viene de la carne ni de la sangre. Que se lo ha revelado el Padre.
Pedro no llegó a esa respuesta por ser más listo. Llegó porque estaba abierto. Porque dejó que algo entrara.
Y entonces Jesús hace algo que cambia todo. Le da un nombre nuevo.
Tú eres Pedro, roca. (Jesús)
Y sobre esa roca construirá su iglesia.
Pedro. El mismo que luego va a negar tres veces. El mismo que va a meter la pata constantemente. El mismo que unas líneas más adelante Jesús llamará Satanás. ¡Ese es la roca!
Y eso nos consuela enormemente. Porque si Jesús construye su iglesia sobre alguien tan imperfecto como Pedro, entonces no espera paredes perfectas. Espera personas reales. Con fisuras. Con historias complicadas. Con fe mezclada de dudas.
Pero volvamos a la pregunta. La que de verdad importa.
¿Y tú, quién dices que soy yo?
No la gente. No lo que has escuchado en la catequesis o en casa. Tú. Con tu vida, con tus dudas, con todo lo que has vivido hasta hoy.
Esa pregunta no se responde con palabras bonitas. Se responde con cómo vivo. Con lo que elijo. Con lo que suelto y lo que sostengo.
Hoy, en algún momento de silencio, vale la pena sentarse con esa pregunta. No para darle una respuesta correcta. Sino una respuesta verdadera.
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