La capilla de las Apariciones de Fátima fue presentada por el papa Francisco como el símbolo de una Iglesia “sin puertas”, como la casa de la Madre en la que todos, todos, todos, son acogidos. En las lecturas de este domingo 20 del ciclo A se repite una y otra vez la misma palabra: “todos”! ¡Todos sin exclusiones! Se trata de un “todos” inclusivo: hombres y mujeres, adultos y jóvenes, los de mi grupo religioso y los de otro grupo religioso, los de una tendencia y los de otra… Decía Gregory Bateson que “sólo la totalidad es sagrada”. Yo diría que sólo “la pasión por el todo” nos hace semejantes a Dios.
Dividiré esta homilía en dos partes: 1) ¿Educados para la exclusión? 2) El pueblo de la Alianza: la inclusión
¿Educados para la exclusión?
Venimos a este mundo con una maravillosa tendencia hacia ese “todos” sin exclusiones. La inocencia primera nos hace sentirnos bien en el planeta tierra, con cualquier persona, de cualquier sexo o raza, de cualquier religión o cultura, de cualquier condición humana.
Pero, poco a poco nos enseñan a separarnos de alguien, a tener reservas ante alguien, a ser cautos y sospechar… El proceso educativo es frecuentemente un modo de enseñarnos a “excluir”. Así por ejemplo, hemos de aprender que nuestro país, nuestra raza, nuestro sexo, nuestra religión, ¡es lo mejor! Habrá matices en unos sistemas educativos y otros, pero las culturas, las naciones tienden a imponerse como si fueran el “ombligo del mundo”.
Así educados, nos cuesta mucho ser “inclusivos”, estar abiertos al todo. El profeta Isaías recuerda ya en su tiempo que Dios tiene una especial benevolencia incluso con los eunucos y los incluye en su Alianza:
“A los eunucos (¡no a los extranjeros, como traduce la versión litúrgica! -Isaías 56,4) que se han dado al Señor para servirlo, para amar su nombre y ser sus servidores… y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos”.
Pablo recuerda que quienes habían sido elegidos como pueblo de la Alianza ahora están lejos, excluidos, y los extranjeros se han convertido en pueblo de Dios.
Jesús, que en un principio, quería atenerse al principio de la Alianza de Dios con su Pueblo Israel y no se veía autorizado para hacer ningún signo fuera de ese marco, accede a curar a la hija de una mujer Cananea, porque descubre en ella una fe que le impresiona.
Es la fe la que conmociona el corazón de Dios y hace que su Alianza se extienda por todo el mundo.
El pueblo de la Alianza – la inclusión
Todos los seres humanos pertenezcan al grupo que pertenezcan, europeos, asiáticos, americanos, africanos, de Oceanía, mujeres y varones, gays, lesbianas y heterosexuales, jóvenes o ancianos, adultos o inmaduros y enfermos, con estudios o sin estudios, adinerados o empobrecidos, “todos” son llamados a la Alianza y a experimentar que “el amor de Dios es eterno”.
Vivir en Alianza con Dios es para nosotros:
ser “inclusivos”,
hospitalarios con todo el mundo,
ser misioneros de la Alianza universal
En el fondo ¡ese es el sueño “secreto” de todo ser humano!: ¡ser considerado digno de entrar en la Alianza eterna, definitiva, de Dios con la humanidad! Y la fe arranca el Milagro. Evangelizar el mundo no es difícil, porque contamos con la complicidad del corazón humano y el protagonismo del Espíritu que se manifiesta en todo.
Hace ya más de 2o años visité la comunidad de “Pueblo De Dios” en Huelva. Vicente Morales me pidió que les ofreciera unas reflexiones en torno al carisma de aquella comunidad… Intuí que el tema más adecuado sería:“Pasión por el Todo”. A mi modo de ver reflejaba muy bien el carisma del movimiento “Pueblo De Dios”. Con ese motivo, tras algún tiempo, Vicente Morales, compuso una canción que también tituló “Pasión por el todo” y en la cual se repite ”dejar el Aire a su aire” referido al Espíritu Santo. Hoy también he titulado mi comentario a la Palabra “Pasión por el Todo”. Y en él incluyo seguidamente la canción… Y en la JMJ el papa Francisco ha repetido una y otra vez “todos, todos, todos, todos”.
José Cristo Rey García Paredes, CMF
“Señor, nos hiciste para tí e inquieto estará nuestro corazón hasta que no descanse en tí”.
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