DOMINGO 3. TIEMPO DE CUARESMA. CICLO B

LA IDOLATRÍA, “SUCEDÁNEO DE LA FE”

¿Por qué son cada vez menos las personas que creen en Dios? Porque unos exigen signos, otros, sabiduría, otros éxito y dinero… Sin embargo, ¿cómo van a creer en un condenado a muerte de cruz por el imperio romano hace ya más de 20 siglos?

Dividiré esta homilía en tres partes:

  • ¡Creyentes sí, idólatras, no!
  • La idolatría mancha, la pureza de corazón ilumina
  • La ira de Jesús

¡Creyentes sí, idólatras no!

La primera lectura, tomada del capítulo 20 del libro del Éxodo, proclama este mandato: “No tendrás otros dioses frente a mí”. Pero muy pronto, el pueblo de Israel, le pidió a Aaron que le fabricase un ídolo: el becerro de oro.

También hoy nos fabricamos ídolos, pues no aguantamos la ausencia aparente de Dios. ¿Y quiénes son hoy esos ídolos que nos roban el corazón? Se resumen en tres: el poder, el sexo y el dinero, aunque aparezcan siempre camuflados. Ellos acaparan nuestra capacidad de adoración y nos esclavizan. Y tras entregarnos a ellos, después nos traicionan y abandonan. ¡No estamos en una sociedad de ateos! ¡Nos encontramos -cada vez más- en una sociedad de idólatras!

Y, aunque parezca extraño, mejor que la idolatría es el ateísmo. El auténtico ateo es un creyente… pero negativo: “cree” que Dios no existe. El auténtico ateo no dice “sé” que Dios no existe. No tiene pruebas. Si es honesto, se limita decir: “creo que Dios no existe”. Y, así mismo, el verdadero creyente no dice “sé” que Dios existe, sino “creo” que Dios existe. Y para afirmar su creencia, da un salto en el vacío para que Dios lo acoja: entra en la nube del “no-saber” Lo peor no es el ateísmo, es la idolatría, que suplanta la fe en Dios por una realidad de esta tierra y a ella le dedica su corazón, su culto. Y los nombres de esos ídolos se resumen en tres: sexo, dinero, poder.  

La idolatría mancha, la fe ilumina

Jesús nos dijo: “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Y también nos dice hoy en el evangelio: “Quitad esto de aquí. No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. La idolatría también aparece en la casa de Dios: cuando en ella no conectamos con Dios, sino con cosas que hay que hacer, con rituales externos, con presencia física, pero ánimo y corazón ausente. Podemos formar una comunidad idolátrica, que “no ve a Dios”. El verdadero templo es Jesús mismo, el Crucificado, el Jesús pan y vino eucarístico, el Jesús Palabra de Dios. 

Y este encuentro de fe es “más precioso que el oro fino, más dulce que la miel de un panal que destila”, como nos dice hoy el salmo 18.

Adorar al Jesús crucificado no es idolatría. Jesús nos lo prometió: “cuando sea elevado en la cruz atraeré a todos hacia mí”. Jesús desde la cruz es la manifestación del verdadero Dios. A él nos podemos dirigir como el buen ladrón y pedirle: “Acuérdate de mí cuando entres en tu Reino”.

El verdadero templo y culto

En el Evangelio nos dice Jesús que su cuerpo es el verdadero templo. Cuando conectamos con Jesús resucitado por la fe, escuchamos la Palabra de Dios, participamos de su mesa, nos invade su Espíritu.

El cuerpo de Jesús no es un ídolo, sino el Misterio que se nos acerca: porque -nos dice- tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y en la cárcel y me visitaste… Dios Padre también nos sale al encuentro. ¿Dónde? Jesús nos los dijo: “entra en tu cuarto, ciérrate con llave, y tu Padre que ve en lo secreto… Que no se entere tu mano derecha de lo que hace tu izquierda… Sed misericordiosos como vuestro Padre… Buscad, ante todo, el Reino de Dios… No andéis preocupados pensando qué comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos…

 Conclusión

Que nuestras parroquias se conviertan en espacio de hospitalidad anti-idolátrica, en hogares de re-encuentro, de recuperación, allí donde el corazón esclavizado rompe sus cadenas, cura sus heridas y empieza de una vez a amar lo que merece nuestra fe y nuestra entrega.

José Cristo Rey García Paredes, CMF

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